A veces
pienso que la vida aquí es como un infierno gélido.
Cuando cae
la nieve, su color blanco otorga mucha pureza al ambiente, pero luego todo se
corrompe cuando se mezcla con la suciedad del pasar de los autos y el traqueteo
de la vida humana.
Pienso que
en el bosque ese blanco inmaculado debe permanecer, no sé, nunca me adentré en
un bosque aparte de ir por los senderos para caminar.
El invierno
canadiense es muy sucio y antiestético.
Aquí la
gente debe usar botas que la mayoría de las veces están sucias por la mezcla de
nieve y tierra y cuando vas al super todo el piso está hecho un caldo marrón.
Debemos
usar unos abrigos que nos hacen parecer a unos osos. Tus movimientos se ven
reducidos entre abrigos, gorros, guantes y bufandas y durante 6 meses caminaras
como amarrado.
Sabes ese
movimiento sensual de las latinas al caminar? Pues acá no lo veras jamás sino hasta
que llegue el verano en que recuperamos un poco nuestra esencia, si no la hemos
olvidado, porque el infierno glacial sirve a eso a hacerte olvidar de quien
eres.
No hay
oportunidad para lucir un lindo atuendo si no quieres morir de frio deberás
definitivamente usar unos abrigos calientes pero sin estilo y unas botas
totalmente antiestéticas.
Aquí es
imposible verte bien en invierno, pareces un trabajador de la obra.
Pero por
qué recuerdo los infiernos gélidos? Porque es a eso que me hace pensar cuando
miro a mi alrededor, no solo el frio glacial en tu cuerpo y ese panorama acuoso
y sucio sino el frio de la desconexión.
Sabes que
en invierno una mirada humana es lo mas difícil de conseguir cuando sales al
exterior? La gente sufre de mucha
soledad. Aquí la vida se retira de la naturaleza y de las personas. Todos
caminan encerrados en si mismos y sientes la desconexión. A medida que pasa el
tiempo aprendes a integrar esa realidad e intentas compensarlo con algunas
estrategias.
Entonces
pienso en las enseñanzas que he recibido
sobre la vacuidad en mis cursos de budismo y repito y repito que todas las
cosas y fenómenos que veo o percibo no tienen existencia intrínseca, no existen
de su propio lado sino que es sólo un percepción de mi mente. También aplico
muchas otros conceptos budistas y así mi realidad de todos los días se
transforma en un aprendizaje.
Desde un punto de vista más terrenal, la danza me permite esa conexión humana que aquí es tan difícil de encontrar.
Estuve dos semanas en Portugal y las personas
fueron tan amigables, espontáneas y cercanas. Me sentí muy identificada con los
portugueses, su forma de vivir y ver la vida y la amistad.
Los sentí
bastante parecidos a como somos los latinos, sin miedo a abrir el corazón.
Espera por mí
Portugal, allí voy muy prontito!

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